Visión Política.
Por: Fernando Cruz López
En Oaxaca hay un libreto que ciertos personajes recitan con puntualidad enfermiza: hagan lo que hagan el gobernador Salomón Jara Cruz y su equipo, siempre habrá un pequeño grupo de intereses mezquinos dispuesto a torcer la realidad para hacer parecer que todo está mal. Son los mismos actores que jamás han pisado una comunidad alejada, que desconocen cómo se vive en los pueblos y que solo emergen cuando el ruido político les conviene. Les incomoda que el gobierno estatal tenga resultados tangibles, y por eso se han empeñado en desestabilizar, sembrar sospecha y construir narrativas artificiales contra el Ejecutivo y, especialmente, contra el responsable de la política interior, Jesús Romero López.
La realidad, sin embargo, es más terca que los rumores. El gobierno de Salomón Jara supera ya las dos mil quinientas obras distribuidas en todo el estado: aulas, bardas perimetrales, caminos rurales, rehabilitación de escuelas, infraestructura social que por décadas se les negó a las comunidades más pobres. No son obras anunciadas en presentaciones lujosas; son obras entregadas, caminadas y verificadas en territorio. Esa materialidad es lo que irrita a los adversarios políticos, porque desmonta su discurso de “fracaso” y exhibe que, mientras ellos critican desde un café, el gobierno estatal trabaja en comunidades donde antes nadie llegaba.
La estrategia de sus detractores es muy clara: si no pueden negar los avances, intentan contaminarlos. Si no pueden frenar las obras, intentan minimizar su impacto. Si no pueden desacreditar la gestión técnica, buscan atacar a las personas. Allí aparece el golpeteo sistemático contra Jesús Romero López, a quien han querido convertir en blanco de sus frustraciones. Les irrita que, pese al conflicto permanente que hereda Oaxaca por su compleja composición social, haya logrado una estabilidad que no se veía desde hace muchos años. Les molesta que dialogue con todos, que recorra municipios, que resuelva conflictos agrarios y que mantenga canales abiertos incluso con quienes piensan distinto.
Jesús Romero se ha consolidado como una pieza clave del equilibrio político en Oaxaca. Su papel de mediador —incómodo para quienes viven del caos— ha permitido avanzar en la pacificación de regiones históricamente tensas. No es un funcionario de escritorio; es un operador político que escucha, que llega a donde lo llaman y que entiende que gobernar es conciliar todos los días. Por eso algunos buscan reducir su trabajo a intrigas, porque saben que un estado estable es un estado donde sus juegos de poder pierden relevancia.
A tres años de gobierno, Oaxaca tiene cuentas positivas: obras entregadas, comunidades atendidas, conflictos resueltos y un ritmo de trabajo que no depende de discursos, sino de resultados. Quienes hoy buscan empañar la gestión estatal olvidan que la gente ve, compara y decide. La narrativa de desastre que intentan vender se derrumba cada vez que un pueblo inaugura una obra, cada vez que un conflicto se desactiva sin violencia, cada vez que el gobierno llega donde antes solo llegaba el abandono. Eso explica la virulencia de sus ataques. Lo que está en juego no es un nombre ni un cargo: es la derrota de quienes viven de la intriga frente a un gobierno que prefiere vivir en la realidad…Sigame en X como
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