Visión Política
Por: Fernando Cruz Lopez.
El gobierno federal creyó que podía silenciar a la generación que creció con redes sociales, con acceso inmediato a la información y con absoluta intolerancia a las mentiras oficiales. Pensaron que el movimiento de la llamada Generación Z era una llamarada de petate, un berrinche digital que se disiparía con un par de mañaneras descalificándolos como “bots”, “manipulados” o “jóvenes confundidos”. Lo que no previeron es que esta generación no se amedrenta con discursos gastados, ni se repliega ante el desprecio institucional. Por eso regresan a las calles. Porque lo que los sacó la primera vez —la exigencia de justicia, seguridad y un país sin corrupción— sigue exactamente igual o peor.
La reacción del gobierno ante esta movilización juvenil fue un manual perfecto de lo que no debe hacer un régimen democrático ante el despertar político de sus jóvenes: minimizar, ridiculizar, manchar. Fue una respuesta más cercana al miedo que al liderazgo. ¿Cómo interpretar, si no, el blindaje de Palacio Nacional, las vallas kilométricas y el tono de sospecha permanente contra cualquier expresión ciudadana que no encaje en el guion oficial? El poder suele reaccionar así cuando pierde el control del relato. Les aterra que una generación entera esté descubriendo que participar, protestar y cuestionar es mucho más efectivo que repetir consignas.
La Generación Z demostró que no necesita acarreados, que no vive del presupuesto, que no se organiza a partir de desayunos oficiales ni de estructuras partidistas. Es un movimiento orgánico, espontáneo y genuino. Esa autenticidad es, precisamente, lo que más incomoda al gobierno. Porque no pueden desactivarlo comprando voluntades, ni pueden controlarlo con viejas tácticas de intimidación. Son jóvenes cansados de ver cómo la violencia se normaliza, cómo la corrupción se recicla, cómo el país se administra a punta de excusas.
El anuncio de que volverán a movilizarse es un recordatorio de que el país no pertenece a los políticos, sino a sus ciudadanos —y que el futuro no espera permiso para llegar. El gobierno puede seguir descalificando, puede seguir protegiéndose detrás de su aparato de propaganda, puede seguir fingiendo que no pasa nada. Pero hay una realidad que ya no pueden ignorar: los jóvenes están de pie, están informados y están hartos. Y cuando una generación entera decide no volver a callarse, ninguna valla es suficiente. El fenómeno apenas comienza, y lo peor que puede hacer el gobierno es seguir tratándolos como enemigos. Porque la historia enseña que cada vez que un régimen subestima a sus jóvenes, termina despertando a su peor crítico…Sigame en X como @Visionpolitica7

