Vision POlitica.
Por: Fernando Cruz Lopez.
Mientras desde el oficialismo y sus voceros se aplaude el supuesto “éxito” de la jornada electoral pasada, la realidad que se impone en las cifras y en las calles cuenta una historia muy distinta. Los datos preliminares de participación ciudadana no solo reflejan la escasa participación ciudadana, sino la muestra de un rotundo fracaso. ¿Eso es un éxito para una democracia que se presume vibrante? ¿O es, en verdad, el reflejo de una sociedad desencantada, cansada y profundamente escéptica?
La respuesta no puede ni debe maquillarse: fue un fracaso total. Un fracaso de la clase política, de los partidos, de los organismos electorales y de una ciudadanía que —con justa razón— siente que su voto cada vez vale menos en un sistema donde las decisiones parecen ya tomadas de antemano.
La narrativa triunfalista intenta convencernos de que todo salió bien, que fue una jornada “pacífica” y que ganó la democracia. Pero debajo de ese barniz institucional se esconde una verdad preocupante: México se acerca peligrosamente a la instauración de un modelo autoritario disfrazado de legitimidad electoral.
Con el control absoluto de los poderes Ejecutivo, Legislativo y probablemente Judicial —tras las reformas anunciadas—, el país se encamina hacia una concentración de poder inédita en la historia reciente. El equilibrio de poderes, piedra angular de cualquier república democrática, está siendo desmantelado poco a poco mientras muchos aplauden, otros callan, y una mayoría se abstuvo.
¿De qué sirve votar si todo parece decidido? Esa fue la pregunta silenciosa que muchos se hicieron al elegir no ir a las urnas. No por apatía, sino por desencanto. Porque las alternativas no convencieron, porque las promesas suenan huecas, y porque el sistema político se percibe cooptado por una sola visión de país. Una visión donde la crítica se castiga, la disidencia se desacredita, y el poder se perpetúa.
¿Éxito? Solo si medimos en términos del poder logrado por un solo grupo.
¿Fracaso? Sí, si entendemos que la democracia no es solo ganar elecciones, sino garantizar pluralidad, transparencia y límites al poder.
Lo que viene no es esperanzador: un Congreso dócil, una oposición pulverizada y una ciudadanía dividida entre la indiferencia y la resignación. Y en ese contexto, las “reformas estructurales” que vienen podrían abrir la puerta a un régimen autoritario que no necesita tanques ni golpes militares, sino votos suficientes para cambiarlo todo desde dentro.
Aún estamos a tiempo de despertar. Pero si la sociedad sigue ausente, si los contrapesos siguen siendo decorativos, y si el poder sigue concentrándose sin freno, el precio será alto. Y cuando miremos atrás, quizá entendamos que esa jornada electoral que muchos llamaron “histórica” fue, en realidad, el principio del fin de nuestra frágil democracia…Sígame en X como @Visionpolitca7

