Otra mirada a la Libertad de Expresión

Otra mirada a la Libertad de Expresión

El día de la libertad de expresión conmemora un derecho amparado para

toda la ciudadanía mexicana en el artículo sexto de nuestra Carta Magna. Es

una fecha en la que reconocemos la labor en nuestra sociedad de las y los

profesionales del periodismo responsable, para quienes ejercer su profesión

ha llegado a convertirse, en demasiadas ocasiones, en un asunto de vida o

muerte. Expreso mi repudio a estos actos execrables de violencia contra

periodistas; mi solidaridad con el gremio y mi apoyo irrestricto al derecho de

cada quien de expresarse sin temor a represalias de ningún tipo.

Sin embargo, podemos mirar y pensar la libertad de expresión desde otras

ópticas, las cuales me gustaría abordar hoy: la primera tiene que ver con

patrones de nuestra cultura que inadvertidamente también propician la

censura, y el segundo con otro tipo de libertad de expresión, la artística.

Hace algunas semanas, a propósito del lamentable crimen del periodista

sinaloense Javier Valdez, el Presidente de la Sociedad Interamericana de

Prensa, Matthew R. Sanders comentaba en un artículo para El Universal, que

la corrupción, el poder y el crimen son los principales enemigos de las

libertades fundamentales, lo cual es patente a la luz de los más de cien

asesinatos de periodistas ocurridos en la última década, ante lo cual el Estado

Mexicano tiene una labor impostergable que realizar desde los tres poderes

de la unión, para reforzar y garantizar este derecho fundamental.

Sin embargo, en México hay otro tipo restricciones que limitan la libertad

de expresión, que no tienen que ver con poderes institucionales o fácticos

que silencien o inhiban las voces. Son formas más sutiles, que han sido

adquiridas y transmitidas de generación en generación, lo cual las hace tan

parte de nuestra cotidianeidad, que erróneamente llegamos a confundirlas

con elementos inherentes a nuestra cultura, siendo que son patrones

conductuales aprendidos que de igual forma se pueden desaprender.

Un periodista oaxaqueño radicado hace años en Montreal, Jaime Porras,

publicó un artículo para la revista GQ, donde expone diferencias culturales

entre los mexicanos y los canadienses, como el saber decir NO. Pareciera que

a los mexicanos nos da temor ser claros, asertivos y marcar límites; incluso,

fácilmente confundimos estas cualidades con descortesía o descaro, lo que

significa que desde niños aprendimos a limitar nuestra propia libertad de

expresión, y a limitar la de otros.

Esta actitud afecta la base de confianza deseable en interacciones sociales

sanas. Pero más allá de la dificultad que tenemos las y los mexicanos para

decir que NO, y de ser honestos hacia fuera, otra aspecto donde cojeamos es

que nos falta aprender a ser más honestos con nosotros mismos y

redimensionar el valor de la palabra, para poder expresarnos libremente en

toda la extensión del término. En un artículo previo a la publicación del

Laberinto de la Soledad, titulado “La mentira en México”, Octavio Paz

describe con cruda lucidez, el miedo a la verdad como una característica que

nos lleva a exacerbar cualidades y defectos de nuestra propia realidad.

Ambas características son nocivas para el desarrollo de nuestra sociedad.

En este sentido, la conmemoración de la libertad de expresión nos recuerda

que además de reforzar las garantías a nivel institucional, necesitamos

entre todos fomentar un cambio cultural y conductual profundo.

Necesitamos transitar hacia formas de relacionarnos más honestas y

comprometidas con nosotros mismos y con nuestra sociedad.

Ahora bien, la segunda arista, es decir, la libertad de expresión artística es el

anverso de la moneda. A través de su obra, el artista expresa al mundo sus

más íntimos sentimientos, sus inconscientes temores y su ideología, en

resumen, la esencia más profunda de su existencia. El arte es una es una

necesidad inherente a la condición humana. Es por ello que en la Declaración

Universal de los Derechos Humanos de 1948, la ONU estableció el derecho de

toda persona a gozar de la vida cultural como un derecho fundamental.

En la historia política y social del mundo, el arte ha sido clave para expresar

las demandas sociales y los cambios de paradigma que han generado las

grandes transformaciones. Razón por la cual, el arte también ha sido

censurado y los artistas en muchos casos perseguidos. Por ejemplo, el

movimiento muralista de Rivera, Siqueiros y Orozco reforzó las ideas

revolucionarias, reivindicó la importancia de nuestras raíces indígenas,

denunció injusticias estructurales de nuestra historia social y política y buscó

crear conciencia social.

Asimismo, frente a las dictaduras latinoamericanas que tuvieron lugar en las

décadas de los años sesentas y setentas, surgió la “nueva canción

latinoamericana”, con exponentes como Víctor Jara, Silvio Rodríguez, Violeta

Parra, Pablo Milanés, Mercedes Sosa, entre muchos más, que expresaba la

protesta y el descontento social que vivían en ese momento varias naciones.

Muchos de ellos fueron perseguidos, exiliados y algunos incluso fueron

asesinados, como fue el caso de Víctor Jara durante la dictadura de Pinochet.

En México, los representantes más conocidos de este género fueron Óscar

Chávez y Amparo Ochoa, que retrataron la vida de obreros y estudiantes,

dando voz a los movimientos sociales de esa época.

En conclusión, la libertad de expresión es una facultad humana que sólo

puede ejercerse de manera plena ejercitando hacia adentro y hacia afuera la

honestidad y la valentía; otorgando a la palabra y la imagen su justo valor. En

esta tarea, la expresión periodística y artística se convierten en medio y fin de

esta prerrogativa. Obviamente la libertad de expresión siempre requerirá de

condiciones sociales que la garanticen, como la paz, la legalidad y la

tolerancia a la divergencia. De manera recíproca, su ejercicio abona a que

esas mismas condiciones prevalezcan y a que las personas se sientan

realizadas. Sin duda alguna, trabajar en favor de la libertad de expresión, y

enseñar a nuestras niñas y niños a expresarse con verdad y sin violencia, es

sembrar las semillas para una sociedad más democrática, pacífica y realizada.

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