Rincón de libros y otras cosas

Rincón de libros y otras cosas

Hace años, la gente acostumbraba llenar la casa de libros. Habló de las residencias de las clases medias y altas donde no faltaban los rinconcitos cantineros, que era el orgullo del señor. En ese tiempo, también, era deshonroso no tener una alfombra de dudosa Persia en la sala de la casa.
Hoy dejó de usarse esa moda, aunque no falta en una que otra casa que se quedó detenida en el tiempo, una de esas alfombras como muestra de que tuvo su momento de elegancia y modernidad. Lo que a la fecha se sigue usando es la cantina, en muchas casas hay una, aunque sea de buró.
Lo que poco hay en las casas, son libros, y si hay, muchas veces son de los hijos que van a la escuela. Lo que no falta son las revistas de modas de la señora.
Hay casas que tienen libros, y la verdad, no están del todo mal escogidas las obras literarias que se tienen; pero lo que da lástima, es que la selección de los mismos la haya hecho la agencia editorial, en vez de haberla hecho uno mismo, el que se supone leerá los libros. Digo, se supone, porque en muchos casos los libros que se tienen son “de colección” y éstos están al descanso eterno en un rincón de la sala.
Siempre se ha dicho que los libros son caros, pero es el pretexto de los que no les gusta leer. Sin embargo, nadie se queja del precio de los restaurantes debidamente repletos ni de los chupes ni de los cigarros. Pero cuando se trata de un libro, hay mil pretextos para no comprarlo y otros tantos para no leerlo. Al final de cuentas, todas las justificaciones son buenas para no leer.
Hace días estuve platicando con unos cuates, entre ellos un médico, un abogado y un ingeniero, quienes me decían que no se permiten leer libros porque tienen hijos, y eso es suficiente para no leer.
Creo que ni por hacer el aseo de la casa o lavar los pañales de los niños, es un obstáculo para leer. El que de verdad quiere leer lo hace y ya. Se puede leer al ver la televisión, al viajar en el colectivo, al comer, en el baño, etc.
Un tipo me aseguró hace días, que él lee mucho porque se pasa muchas horas frente al facebook. Yo nunca había escuchado una burrada tan grande.
Muchos creen que para leer hay que colocarse en un elegante escritorio y en una habitación bien iluminada, pero la verdad, hay que leer como se respira. Por la falta de lectura tenemos una sociedad teleabusiva y teleabusada. Todo mundo abusa de los que no leen, en serio. Les da flojera leer las letras chiquitas de los contratos.
Hace días le hice una entrevista al diputado perredista oaxaqueño Hugo Jarquín, (hay que decir que él es integrante de la comisión de cultura de la cámara de diputados). Cuando le pregunté por los libros que más le habían impactado en su vida, me dijo que “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez. Le pedí que me hablara del libro y comenzó a detallármelo. Pero llegó el momento en que no aguanté su relato y le dije: “oye, eso que me estas contando en ninguna parte del libro lo dice”. El me respondió con todo desenfado, “pues a la mejor, pero es lo que yo le entendí y ni modo”. Ante tal respuesta me quedé callado.
Desde esa entrevista memorable me he preguntado una y otra vez: entonces, ¿cómo chintetes aprende uno si no es leyendo libros? ¿Cómo es que los políticos llegan a donde están si no lo han aprendido de ningún libro? Eso de que se aprende en la escuela de la vida es una media mentira. La vida de un hombre común y corriente es, pese a la madre televisión, increíblemente limitada.
Hay gente que sigue creyendo que quien ha viajado sabe más. Los libros, por muy modesta que resulte ser su edición, constituyen para cualquier casa el mejor de los adornos. Una casa puede tener todo el oro o toda la fayuca que le pueda caber, pero si carece de libros, o los tiene pero nunca los ha leído no valen nada.
Hay que leer libros buenos y también libros malos para aprender a diferenciar. Leer es recomendable, leer, leer hasta convertirse en un drogadicto de hojas de papel impreso.

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