Basta con apellidarse…

Basta con apellidarse…

Realmente, el nombre de una persona tiene mucha importancia. El nombre define gran parte de tu vida. El comediógrafo del antepasado siglo, Oscar Wilde, llamó a una de sus mejores piezas La importancia de llamarse Ernesto. Lo que quiero decir, es que el peso de los apelativos se intensifican mucho más en la política. Hay nombres que pesan tanto que arrastran.
Un candidato puede apellidarse Díaz sin tener nada que ver con don Porfirio, o apellidarse López sin ser pariente de Miguel López de Santana ni de don Adolfo López Mateos. A veces, el peso del apellido llega a ser enorme y siempre gravita en favor o en contra de lo favorable.
Hay papás que se niegan a ponerle su nombre de pila a sus hijos porque consideran que les va a pasar mucho. Por ejemplo, don Mariano Azuela, le puso Mariano a su hijo mayor, que fue un ilustre catedrático de la facultad de derecho y un excelente magistrado de la suprema corte, pero no igualó la fama de su progenitor.
En otras artes como el teatral y cinematográfico, sí se ve mucho que los hijos no sólo hereden el nombre, sino también la profesión y la fama de los padres que pocas veces agrandan, pero con mayor frecuencia achican.
Hay hijos de hombres famosos que sólo llegan a cierta altura, por lo que nunca son situados al lado de su padre porque no le llegaron ni a los talones. Cuando digo “a cierta altura”, pienso en el campo de la política. Sin duda recuerdan ustedes al hijo de Álvaro Obregón, quien llegó a ser gobernador de Sonora, y por cierto, no la hizo. Más bien, estropeó el nombre de su ilustre padre.
También hay hijos de celebridades que han llegado al Senado, que puede considerarse esa posición de “cierta altura”. Lo bueno sería que un hijo de gobernador llegar a presidente.
El hijo del más ilustre de los presidentes que México ha tenido, de la revolución para acá, es Cuauhtémoc Cárdenas. Durante un tiempo camino iluminado por la estrella de su padre. Después de ciertas broncas políticas, los priístas trataron de borrar el nombre de Lázaro Cárdenas de la historia de México a causa de su hijo. Creo que es el único caso en nuestro país, donde el nombre o el peso del nombre del hijo, arrastró hacia abajo el nombre de su padre.
En cambio, los hijos o nietos de Plutarco Elías calles o de Pascual Ortiz Rubio, no llegaron ni a figuras de rancho. Y si vemos un poco más para acá, creo que no encontramos a ninguno de los hijos de los expresidentes que hayan destacado. De Luis Echeverría, de José López Portillo, de Miguel de la Madrid, de Carlos Salinas, de Ernesto Zedillo, de Vicente Fox. Ninguno, ¿verdad? A lo más alto que han llegado es, al aparecer, sólo en la sección de sociales de algunos periódicos de circulación nacional.
Pero bueno, estamos viviendo días de campañas políticas en nuestra entidad. Son momentos en que todos los precandidatos se vuelven de cristal y pueden, como una fina copa, resonar o quebrarse, pues sabemos que algunos nombres tienen reverberaciones muy eficaces. Si revisamos las listas de los quieren ser candidatos a diputados o a presidentes municipales vamos a encontrar hermanos, primos, cuñados, tíos, amantes, queridas, juanitas y demás consanguíneos, quienes pretenden cobrar las facturas por los servicios que el héroe político de la familia está a punto de finalizar su encomienda en unos cuantos días.
A ver, vamos a hacer un ejercicio mental, vamos a recordar cuántos de los precandidatos se encuentran en esta situación, del partido que sea. Comenzamos por el distrito… ¿mande?, ¿cómo?, ¿qué? ¿Que ya se me acabó el espacio? Bueno, en otra oportunidad seguimos con este tema.

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